Encantada de conocerte Mariana.

Basado en hechos reales.

Podría contar historias de cómo conocí una banda, un libro o una canción como si se tratase de personas humanas. Con el mismo énfasis, con la misma emoción. A Mariana la conocí como persona antes que como escritora. No fue magia, fue el algoritmo de youtube. Ya conocía mis intereses así que me la sugirió en un video de una entrevista, como si fuese un tinder digital con un match garantizado. Caí. A veces creo que los algoritmos saben más de nosotros que nosotros mismos.

De Mariana me enamoró lo primero que dijo y fue lo siguiente: ella creía que con la literatura era difícil generar una repercusión a nivel corporal tan fuerte como otras artes, como las ganas de moverse o llorar que genera la música por ejemplo. Hasta que leyó a Sthephen King. Fue con cementerio de animales al nivel que tuvo que dejar de leerlo por el espanto que le provocó aquel relato. Así se obsesionó con el género de terror “fue el primer género que me gusto fisicamente en mi vida”.

Así la conocí y aun sin leerla me anoté en un club de lectura para analizar y debatir algunos de sus cuentos. Antes de que me lleguen los primeros archivos y adentrarme en un género que desconocía, noté que me comenzaron a suceder algunas cosas extrañas. Mariana estaba entrando en mi vida.

El mismo día de la inscripción me fui con los cuentos a un café, me pedí un capuchino, una magdalena y en el primer bocado ya sentí que apareció ella. Mordí algo duro en mi boca, estaba masticando algo más que masa, escupí en mi mano y vi un diente, se me había caído una muela y había dejado un agujero en mi cara, a mí que nunca se me había salido algo de la boca así de la nada. ¿Qué era esa energía macabra? Junto con los cuentos me advirtieron dos cosas: no vas a poder parar de leerla y la mejor de todas: no la leas de noche. A pesar de todo decidí arriesgarme a esta literatura extrema que pretendía atravesarme físicamente.

Leí tres cuentos y esa noche tuve una pesadilla. Resulta que en un plano que no puedo ni describir, mi muñeca tenía un agujero desde donde brotaba sangre bien roja, muy intensa, cómo si se tratase de una fuente de agua, yo iba de acá para allá pidiendo que alguien me tapara el hueco, que frenara la hemorragia, pero nada.

Desperté.

Ese mismo día leí los otros dos cuentos, los más macabros “El chico sucio” y “La casa de Adela”.

Llegó la noche, era la hora del taller, por la diferencia horaria me tocaba conectarme a zoom a las doce de la noche, no digo más nada.

Terminamos de analizar los cuentos a las dos de la mañana pero el problema no era ese, el problema era que tenía que intentar dormir.

Tenía miedo.

Pensé en dejar la luz prendida, pero me dije que ya estaba grande para esas cosas.

La apagué.

Vinieron a mí imágenes del niño, de Adela, de la casa embrujada, pero las despaché a todas hasta que finalmente pude quedarme dormida.

No tuve pesadillas, pero a la mañana siguiente cuando abrí los ojos sentí algo peor: parálisis del sueño.

Mi mente se despertó, pero mi cuerpo no.

Entré en pánico, me quería mover pero no podía.

¿Sabes qué?

¡TE SALIO MUY BIEN MARIANA!

Abril, 2021.

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Escribo en voz alta.

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Ana Clara Roverso

Ana Clara Roverso

Escribo en voz alta.

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